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Columna del Vino

 “Lo importante no es si son de corte moderno o tradicional, sino si tienen buen manejo en viñedo y en bodega para gran calidad”.

Pablo Baños, andariego conocedor de vinos y de gastronomía, nos habla del antiguo y nuevo espíritu de la Rioja, y de cómo comprender que cada estilo tiene lo suyo.

En la Rioja, zona vinícola por excelencia en España, se llevan cultivando y produciendo vinos desde la época de los romanos. El verdadero desarrollo como industria comenzó a finales del siglo XIX y siempre se caracterizó por realizar vinos suaves y elegantes, con un gran tiempo de añejamiento en barricas de roble americano.

La segunda revolución en Rioja inició en la segunda mitad de la década de los setentas con la entrada al sector del vino de muchas multinacionales (Seagrams, Pepsi, Croft). Estos grupos industriales, después de ver que el vino es un negocio a muy largo plazo y de muy lenta recuperación, tuvieron problemas financieros en este sector industrial; entonces llegaron los bancos después de varios años, cuando no pudieron afrontar tantos créditos.

Fue en esta época que muchas bodegas se olvidaron un poco de la calidad y de la cuestión sumamente importante de que el vino se hace en el campo y se escudaron en la tradición para hacer vinos que no eran de alta calidad; éstos consistían en tener mucha madera que en ocasiones ocultaba los defectos o la falta de técnica de campo. En la exportación surgieron mercados como el americano, que gusta de vinos llamados de “corte moderno” o de “potencia”, de la mano de críticos como Robert Parker y empezó la revolución de la potencia.

A finales de los 80s y comienzo de los noventas surgieron algunas pequeñas bodegas y otras no tan pequeñas que apostaron por vinos modernos, desde Riscal con su Barón de Chirel, la familia Eguren con San Vicente, así como Fernando Remírez de Ganuza y bodegas Roda, por nombrar algunas.

Éstas y otras bodegas comenzaron a elaborar vinos de corte diferente, en el que se buscó mayor concentración, uso de barrica nueva y en muchas ocasiones, barrica de roble francés; comenzó la discusión que hasta ahora perdura sobre qué vinos son mejores; es decir, de corte moderno o de corte tradicional.

En mi opinión, la discusión tiene que ser otra. El problema no está en vinos modernos o tradicionales; el problema está en vinos de calidad o vinos sin calidad. A mí me gustan vinos de corte tradicional y moderno pero con calidad, y no me gustan vinos tradicionales y modernos sin calidad.

En la revolución de los modernos, mucha gente pensó que solo con usar las barricas nuevas sin cuidar la calidad de las uvas saldría buen vino y es falso. Siempre se tiene que empezar por la materia prima; en este caso la mejor uva y después un manejo impecable en bodega para dar el producto final, ya sea éste de forma tradicional o moderna.

Intentando concretar, hay dos formas en esta región para elaborar vinos: con barrica nueva y menos tiempo, o con mayor permanencia en barrica y una más vieja para que no sea tan agresiva con el vino. Pero siempre se llega a lo mismo: si el vino se hace en el campo con buenas uvas, entonces se hace buen vino, ya sea de un estilo o de otro; con malas uvas, es decir sin cuidado en el manejo de la planta desde el viñedo, el vino será malo.

Dentro de las bodegas de corte tradicional yo creo que las más importantes, y que siempre realizan vinos de gran nivel, está López Heredia de Haro con su Viña Tondonia o Marqués de Murrieta. En las modernas surgen Eguren con ejemplos como la Nieta o Remirez de Ganuza que son grandes ejemplos de actualidad.

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