Día 10: Kevin Cherkas, explorando las profundidades de Yucatán

Salimos de Mérida temprano, apenas con un poco de café y pan en el estómago, pero entusiasmados por el día frente a nosotros junto a Kevin Cherkas. Rock retumbando dentro del Mazda; selva baja por derecha e izquierda; los trajes de baño puestos. Después de hora y cuarto de camino recto (tiempo exacto, como se había previsto), arribamos a Ik-kil, un cenote abierto al cielo apenas a dos kilómetros del sitio arqueológico de Chichén Itzá. Fotos: Rodo Vallado. 

Este es nuestro primer cenote. Nos han hablado de ellos durante todo el episodio en Yucatán y Riviera Maya pero nunca hemos visto uno de verdad”, subrayaba Virginia, quien se confesó temerosa de que el agua al interior de la cueva fuera demasiado fría para su cuerpo ya habituado a las temperaturas tropicales de Indonesia.

 

Kevin Cherkas

Cenote Ik-kil

Entonces lo vieron por primera vez: enorme, inabarcable. El cenote Ik-kil parecía una garganta de piedra caliza por la que descienden raíces y lianas de álamo del Mayab; 60 metros de ancho, 38 de alto y 50 de profundidad, sus medidas. Sin perder un minuto más, descendimos hasta la orilla y entramos en la negrura de sus aguas, algunos gritando, otros en calma pero ninguno titiritando porque el agua, para fortuna de Virginia, era fresca mas no helada. Por supuesto, las referencias a la comida no se hicieron esperar. “¡Me siento como un ingrediente dentro de un plato de sopa gigante, tío!”, expresó el chef Kevin, quien flotaba a mitad del cenote.

La hora que pasamos dentro de este pozo sagrado junto a Kevin Cherkas transcurrió deprisa, embelesados por la vista, entretenidos con los chapuzones y curiosos mientras esperábamos con un colorido pájaro toh emprendiera el vuelo. Pero el hambre terminó por convencernos de salir y retomar el camino de regreso a Mérida, donde otra maravilla con nombre maya nos esperaba. 

 

Kevin Cherkas

Ku’uk | Pedro Evia y Kevin Cherkas

Ya en la capital del estado fuimos recibidos en Ku’uk, donde Pedro Evia reinterpreta productos y recetas tradicionales a través de técnicas de vanguardia. La elegancia de la casona donde se aloja este restaurante mereció expresiones de asombro por parte de nuestros invitados, y lo mismo sucedió con el menú degustación que nos ofrecieron. Como primeros platos: una botana de calabaza frita (que encantó a todos), calabaza al pib con yogur y un langostino en chilpachole con tomate, que demostró la pericia de los cocineros de Ku’uk elaborando espumas.

Después, a la mesa llegó un delicado canasto de tomate relleno con crema de elote pibinal y unas gotas de chile: crocante y sutil en su composición pero de sabor explosivo. Posteriormente, llegó el turno de los tiempos más sustanciosos: un pescado en caldo de lima y hierbas del huerto servido dentro de un plato hondo que recordaba a un cenote; joroch de chaya en frijol (especialidad local con mucho arraigo); lengua en adobo e hígado seco y cerdo pelón con frutas regionales, este último de cocción perfecta.

 

 

La comida que se prolongó hasta ser considerada cena, finalizó con un jalapeño liofilizado cubierto con chocolate (sorprendenmente bueno), una champola con rompope, leche y maíz, y una cajita de regalos llena con pequeños chocolates y dulces tradicionales. Todos, complacidos por la demostración culinaria nos despedimos de Ku’uk convencidos de que en este restaurante no solo ofrecen comida deliciosa, sino que se especializan en contar historias sobre los sabores de Yucatán.

 

 

El chef Kevin Cherkas y Food and Travel recorrieron diversas rutas de la República Mexicana a bordo de las fascinantes Mazda.  

¡Checa el video!

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