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Voces del pasado

La joya del altiplano potosino se revela misteriosa. En la actualidad, el tiempo parece haberse detenido en sus calles y edificios de piedra. Esta impresión es su fuerza de atracción. Los vestigios de un esplendor remoto, te transportan de la vida cotidiana y del bullicio urbano a una atmósfera introspectiva.

La aventura ha comenzado desde el camino, voy en la carretera 57 de San Luis Potosí a Saltillo, y según el mapa, tendré que tomar la 62 para encontrar después, el camino empedrado que finalmente me llevará a la ciudad que yace en la Sierra de Catorce. El paisaje empieza a darme la bienvenida. Bosque de yucas (palma china), biznagas y otras cactáceas están por todas partes. ¿Será esto parte de la magia de la que tanto se habla?, la respuesta queda suspendida mientras reparo que he llegado a Real de Catorce.

El Túnel de Ogarrio –llamado así por el lugar de origen en España del benefactor- es la puerta obligatoria al pueblo de 2.3 km de longitud que data de principios del siglo XX. Para entrar, tengo que esperar mi turno, ya que para autos es de un solo sentido a la vez. El túnel conserva todas las características desde su inauguración, salvo la iluminación eléctrica y algunas restauraciones. Poco a poco, con la reaparición de la luz solar, descubro las primeras construcciones y a partir de aquí, empiezo a “sentir la vibra” de la localidad.

Travesía vintage

Asentado en el Desierto Chihuahuense, este pueblo fue fundado en 1779 debido al descubrimiento de ricas minas de plata. En los siglos XVIII y XIX, Real de Catorce vivió bajo la bonanza minera con un gran desarrollo económico, sin embargo, en la Revolución, en el año de 1910 dejaron de ser trabajadas las minas. El pueblo comenzó a ser abandonado hasta quedarse con 250 habitantes. Las opulentas viviendas se convirtieron en ruinas y los buenos tiempos quedaron en un lejano recuerdo.

Me llama la atención el recorrido que se anuncia en los atractivos del lugar como safari fotográfico. El cual se lleva a cabo en una Willys, camionetas 4×4 compradas en los años 50 y restauradas por los locales para funcionar actualmente como transporte turístico. Llegan por mí hasta el hotel y Don Cristino, chofer y guía, se presenta: “no olvide su cámara y le recomiendo irse arriba”, señalando sobre el techo de la camioneta.

A bordo de la camioneta, comenzamos a descender por la temida “cuesta del arrepentido”, una angosta pendiente en la sierra en donde contemplo los primeros panoramas. La primera parada es el Socavón de Purísima. Aquí, en el fondo de un barranco, estoy frente a los vestigios de una hacienda de beneficio (o de minas de plata). Aún se pueden apreciar los espacios dedicados a las chimeneas, los galerones que almacenaban el mineral, las viviendas de los trabajadores y la boca de la mina.

Cristino me platica acerca de las diferentes rutas que ofrecen para descubrir la cultura y la naturaleza de esta tierra. Se pueden visitar diferentes zonas mineras, poblados cercanos como San José de Coronados y el desierto; en este caso, este es el final de nuestra trayectoria. Entre pastizales y diversas cactáceas, el Bajío –como se le conoce localmente a este ecosistema se muestra como una extensa planicie serena, que forma parte deuno de los desiertos biológicamente más ricos del mundo.