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Ámsterdam: culto a la bicicleta

El ícono de Ámsterdam es al mismo tiempo un medio de transporte y objeto de deseo. Los 400 kilómetros de carriles ciclistas que bordean canales y calles invitan a perderse y olvidarse de los planes, asegura Cecilia Núñez.

En Ámsterdam se escucha más el sonido de las campanas de la bicicleta que cualquier otro. Elijo a mi compañera de viaje perfecta, una bici vintage de color beige y negro en la que será mi casa por cuatro días: The Dylan. Situado frente al canal Keizersgracht, este encantador hotel boutique es miembro de la colección Small Luxury Hotels. Se asienta en una casona original, esas de pasado glorioso que crean la postal perfecta de esta ciudad holandesa.

Sentada en una de las mesas del patio interno del Bar Brasserie que alberga el hotel, hago una lista mental de las plazas, barrios, museos, restaurantes y galerías de arte que quiero visitar, y elijo mi ruta sobre una telaraña urbana tan bien trazada que no despierta dudas.

Tan pronto empiezo a pedalear, me doy cuenta de que estar desorientada durante este viaje será mi mejor brújula. Olvido toda indicación previamente grabada en la mente, tiendo a despistarme y entiendo que no llegaré nunca a tiempo a donde tenía previsto. La razón es sencilla: todos los callejones, plazas y parques por los que paso reclaman que los mire de cerca, así que lejos de sentir que mis planes son un desastre, me dejo llevar por la dinámica casi hipnótica de Ámsterdam. Perderse aquí es fácil; pero no importa, de eso se trata, y andando en bici, mejor. Eso me sucede cada día, al vivir la personalidad hiperactiva de esta metrópoli que regala vitalidad.

Ámsterdam

Las reglas del juego

Bastan unos minutos en la ciudad para saber que las bicicletas son el vehículo más usado. El terreno es plano, amigable, seguro y existe un gran respeto por los ciclistas.

Crear un tráfico insoportable, mantenerse inmóvil en el asiento de un auto, quemar combustible donde la gente vive y perderse de la esencia del lugar resguardado tras los cristales del carro no es razonable. Los holandeses lo saben desde hace décadas y lo han resuelto de una forma muy simple: se suben a la bici.

Han dejado de contaminar, de crear urbes absurdas y de paso, viven con toda intensidad su ciudad. La postal más representativa de Ámsterdam es la de un puente cruzando un canal con una o varias personas andando en bici. Seguramente son vecinos del barrio, pero también pueden ser extranjeros: el secreto es inmiscuirse en la cultura de dos ruedas.

Hay puntos muy sencillos para recordar: los ciclistas tienen derecho de paso, así que los coches tienen que detenerse; los peatones tienen preferencia, aunque tristemente no siempre es todo tan ideal, quienes caminan son los que salen regañados si no se fijan en el flujo de los ciclistas. Es obligatorio llevar luces delanteras y traseras de noche; hay que utilizar la campana para advertir a otras personas que están interfiriendo el paso, pero si hay un momento de inminente choque, nada mejor que dar un buen grito. Y un recordatorio vital: es necesario proteger la bicicleta con dos candados antirrobos.

Ámsterdam

Fijarse bien dónde estacionarla también es el consejo que más se agradece: hay sitios prohibidos y son miles de bicicletas parecidas, así que es necesario poner atención.

Para rentar una bici, es recomendable acercarse a diferentes empresas que rentan y orientan: Bike City (bikecity.nl) o Damstraar Rent-a-Bike (rentabike.nl) son dos clásicos. La página oficial de turismo municipal (iamsterdam.com) ofrece numerosas opciones de alquiler entre 8 y 15 euros al día, así como rutas por la urbe que tiene 400 kilómetros de carriles para bici. El país cuenta incluso con una Embajada Ciclista (dutchcycling.nl), un organismo oficial que se encarga de extender el amor por las dos ruedas.

El barrio soñado

Comienzo mi pedaleo en el canal de Keizersgracht, el “Canal del Emperador”, frente a The Dylan; rodeo al Herengracht y continúo siempre bordeando el río Amstel. Paso por el edificio más llamativo, la Casa de las Cabezas, en el número 123. La fachada de ladrillo y arena está adornada por seis cabezas que representan los dioses romanos: Apolo, Marte, Ceres, Minerva, Baco y Diana; aunque una leyenda dice que son las cabezas de seis ladrones que fueron sorprendidos por el ama de llaves  de la casa, quien se defendió con un gran cuchillo. Lo bueno de las leyendas es que nunca se sabe si son ciertas, pero siempre impregnan a la historia de un toque de misterio.

A la izquierda del mapa de la ciudad, justamente donde el trazado único con que cuenta Ámsterdam termina, decidí perderme. El mapa quedó guardado y recuperé el hábito de la libertad. En efecto, la lista que hice con los sitios que quería visitar, quedó solo en un plan que no se cumpliría; el barrio de Jordaan, terminó por secuestrarme. Y resultó el mejor plan.

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Aquí, estudiantes y artistas conviven en cafés y pequeños locales que ofrecen toda la creatividad de este rincón europeo. Pero las cosas no siempre fueron así: por los años del 1600 aquí vivían inmigrantes y trabajadores. No sabían nada de moda contemporánea ni de los restaurantes que aparecen en guías gastronómicas; pero en el siglo XX todo cambió: se convirtió en un barrio de moda y dejó atrás la vida dura.

Recibo un mensaje de un amigo que dice: “Si estás en Jordaan, tienes que probar el mejor pastel de manzana de tu vida”. Y así fue. Pregunté a una pareja si conocían el lugar y me enviaron directito al paraíso. Estacioné mi bicicleta en Winkel 43. El pay, el café y las asombrosas vistas a la plaza de la iglesia Noorderkerk son puntos suficientes para que lo tomen en cuenta quienes se dedican a buscar los rincones más inolvidables de una ciudad.

El resto de la mañana se me fue en ir por cada una de las calles que conforman esta área. Tres horas después, las llantas de la bicicleta pedían clemencia (y también mis piernas), así que la aseguré (sí, con dos candados) y entré al restaurante Moeders, un lugar de comida casera holandesa donde estuve acompañada por decenas de fotos que decoran su interior. El sabor hipnótico de la erwtensoep, la sopa más típica de Holanda a base de chícharos, y las fotos  familiares del lugar, me dejaron en claro que éste es un sitio casero.

Después vendría el momento de ir a librerías, tiendas de música pero sobre todo de ropa vintage, en la calle Egelantiersdwarsstraat, y acudir al lugar donde fue enterrado Rembrandt (en la iglesia Westerkerk), para posteriormente observar la larga fila que se hace cada día y cada hora para entrar a la Casa de Ana Frank. Ya en viajes anteriores había vivido esta experiencia, y esta vez la calle llama. El final del día lo dediqué a pasear casi en cámara lenta por el Brouwersgracht (uno de los canales más bellos) y, por la noche, buscando mi bicicleta en aquel laberinto de calles, llegué al cruce de ese mismo canal con el de Prinsengracht. Para quienes quieran ver la esquina más emblemática, ésta es perfecta, ya que se encuentra en el cruce de dos grandes canales con una serie de edificios antiguos característicos de Ámsterdam: rojos, angostos, altos e inclinados.

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Caprichos imperdibles

Aunque mi itinerario personal se basaba en vagar sin agenda ni mapa, tenía algunos caprichos que cumplir. El primero de ellos era ver la colección más importante del mundo del Siglo de Oro de la pintura holandesa. En otras palabras, ver La lechera de Johannes Vermeer o El alegre bebedor de Frans Hals. Todo esto, además de obras de Francisco de Goya o Rubens entre otros grandes artistas, se encuentra en el recinto más importante (hay más de 50 museos en Ámsterdam): el Rijksmuseum.

Saliendo de ahí no tuve que pensar mucho en la siguiente parada, ya que un atractivo edificio —diseñado originalmente por el arquitecto Gerrit Rietveld y completado por otros dos grandes, Kisho Kurokawa y Gojko— alberga una de las colecciones más importantes de la obra de Vincent van Gogh. El museo dedicado a su obra cuenta con más de 200 pinturas y alrededor de 400 dibujos. Un viaje muy completo a través del universo de uno de los pintores más influyentes de la historia.

En el centro de Ámsterdam, en la mítica plaza Dam, detrás de la iglesia Nieuwe Kerk hay un bar que no sabe del paso del tiempo. Abrió sus puertas hace algunos años, en 1650, y desde entonces no ha cambiado mucho su fisonomía. De Drie Fleschjes es un lugar ideal para tomar cerveza regional o belga, ginebra y licores clásicos holandeses. Las barricas de licor no son decoración; algunos guardan su propia producción en ellas.

Después de cumplir con aquellas paradas, volví a mi plan original de vagar sin rumbo fijo. Continúe con la idea de dar rienda suelta al pedaleo y al capricho de ese trazado único y curioso; de asomarme indiscretamente a través de las cortinas abiertas de las casas, recorrer el mayor tramo posible del cinturón de los canales de Ámsterdam, considerado Patrimonio de la Humanidad; comer queso sin parar; buscar la mejor sombra en el Vondelpark y darme el respiro de no ir a los sitios más turísticos porque esta ciudad se encuentra en sus detalles, su encanto radica en la creatividad y en contagiarse de la vitalidad de sus habitantes. 

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Información de viaje

Cómo llegar

KLM (klm.com) logra que la experiencia de viaje en Ámsterdam comience desde el abordaje. La aerolínea que desde hace 64 años une a estos dos países, opera hasta nueve frecuencias semanales sin escala. Un vuelo hacia Ámsterdam desde la Ciudad de México es de 10 horas 15 minutos. Además de la comodidad y el servicio en los aires, hay detalles que enamoran: desde hace varios años, en la World Business Class de KLM las comidas son concebidas por reconocidos chefs holandeses. Este año, Jonnie Boer fue elegido para estar a cargo de la gastronomía. La vajilla que KLM utiliza fue creada por el diseñador holandés Marcel Wanders. Además, en algunos vuelos hasta se sirve cerveza de barril gracias a un trolley, un dispensador de cerveza de barril Heineken. Ambas empresas trabajaron en conjunto para crear el barril BrewLock, que funciona con la presión del aire y no con CO2.

Dónde hospedarse

The Dylan Amsterdam De atmosfera íntima, vistas a uno de los canales principales, brillante escena gourmet y tradicionales patios interiores, The Dylan es uno de los hospedajes más privilegiados de la capital holandesa. El hotel boutique, miembro de Small Luxury Hotels, se aloja en un edificio que originalmente fue una sala de conciertos, en el siglo XVIII. Su decoración remite a la historia neerlandesa fusionando toques contemporáneos de estilo europeo y oriental en cada rincón de sus salitas, restaurantes y 40 habitaciones. Su restaurante, Vinkeles, brilla con una estrella Michelin. dylanamsterdam.com

Tip de viaje 

Para visitar todos los imperdibles de Ámsterdam, es recomendable conseguir la Amsterdam City Card, que ahorra gastos y tiempos de fila en los principales atractivos de la ciudad. Para inspiración de viaje visita: iamsterdam.com

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