Sábado 28 de noviembre, las calles comenzaban a abarrotarse y las multitudes se pintaban las caras de calaveras y catrinas, ansiosas por ver el espectáculo anual del Desfile del Día de Muertos. Fotos: Michelle Burgos. 

Comenzó a las 16 horas, en la Estela de Luz y atravesaría Paseo de la Reforma hasta arribar al Zócalo capitalino. Yo permanecía frente al Ángel de la Independencia (algo así como nuestra estatua de la Libertad), esperando, emocionado, hasta que por fin pude escuchar los gritos de la gente, se notaba muy feliz, el desfile había comenzado.

 

 

Anunció su llegada con la participación de las brigadas de rescate (y por supuesto, con los perros de búsqueda al mando de la superestrella Frida) en memoria de las personas fallecidas en los pasados sismos del 7 y 19 de septiembre en México. Se manifestó un móvil con picos y cascos de construcción en honor a la valentía demostrada por los rescatistas, es decir, nuestros héroes sin nombre.

Seguido por la aparición del México prehispánico, distintos bailes, ceremonias y ritos llenaron mí corazón y el de los presentes con adrenalina y exaltación. Se percibía el aroma a copal, el humo, la neblina, los tambores, el miedo. Conmemorando al Mictlán (inframundo azteca) los danzantes, con los cuerpos pintados, invitaban al público a sumergirse en este pasado intangible. Pirámides, arcos y flechas, guerreros, el tzompantli (paredes con cadáveres humanos), xoloitzcuintles voladores y un gran globo con la figura de la piedra del sol, el imperio azteca regresaba del olvido, desenterrando su propias tumbas.

 

 

Después mi corazón sintió la oscuridad y el temor, llegó la Santa Inquisición, castigando a los herejes, a los pecadores, la muerte en vida. Danzantes gigantescos, vestidos de monjes, con las caras de negro, reliquias de oro y cantos corales, que me adentraron, así como a todos los presentes, en un siniestro templo haciéndonos sentir culpables. Fue realmente una etapa del desfile en dónde el sentimiento se apoderó de nuestros cuerpos.

Florido y colorido, los pétalos de cempasúchil comenzaron a caer del cielo, al borde de las lágrimas, el público gritaba y los bailarines se acercaban a nosotros para saludarnos y tomarse fotos, conservando sus papeles actorales en este recorrido histórico del Día de Muertos. Alebrijes y monstruos, algunos disfrazados y otros volando como figuras de cartonería. Todos ellos corriendo y gritando ¡Somos el diablo! Pues como todo en la vida, también necesitamos del exceso para poder vivir.

 

Desfile del Día de Muertos

 

¡Viva México, viva la revolución! Gritaban las adelitas y con fusiles nos apuntaban directamente a la cara, más nos valía «chupar faros», porque la muerte estaba cerca. Sombrerudos y catrines, luchadores y calaveras de azúcar, el folclor mexicano no tardó en aparecer y también desfiló jovialmente por la avenida al ritmo de Celia Cruz. «Hay que llorar, porque la vida es un carnaval y las penas se van cantando».

«Calaveras y diablitos, no quiero morir sin haber amado, ni tampoco morir de amor». Aparece el matrimonio con dos gigantescas figuras representando a los novios, hasta que la muerte nos separe.

Cada instante, mi garganta se cortaba y mi cuerpo se erizaba, la belleza que mis ojos descubrían, no podía contenerme. Cupidos, quisiera estar flechado, para sentir el amor y no temerle más a la muerte.

 

Desfile del Día de Muertos

 

Finalmente hizo su aparición Xochimilco, con sus mariachis y sus trajineras, al mando del cantante y compositor mexicano, Juan Gabriel (versión calaquita) que cantaba y bailaba al bordo de los canales. «Querida, ven a mí que estoy sufriendo, ven a mí que estoy muriendo». Los cantos nos invitaban hacia la melancolía pero también a la esperanza de vida.

Carnaval de Calaveras fue único, maravilloso, magistral. Exaltó al máximo mis sentimientos encontrados, y podría decir, que el de todos los mexicanos, por nuestro país y por todos aquellos que ya no están con nosotros. Juntos lloramos y juntos reímos, el desfile seguirá su camino, bailando y cantando con todas esas sonrisas que evocaron en nuestros rostros.

 

Desfile del Día de Muertos

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