El territorio del Yukón, en el extremo norte de Canadá, cobró fama mundial en el siglo XIX cuando miles de personas migraron a causa de la fiebre del oro. Lo que encontraron no fue solo el famoso metal precioso, sino una tierra de maravillas incomparables.  Por eso, aquí te contamos todo lo que puedes admirar en este impresionante destino. Texto: Mónica Isabel Pérez. Fotos: Cortesía Destination Canada / Mónica Pérez. 

 

Una tierra fascinante

 

Yukon

 

Quería oro y lo obtuve. Volví con una fortuna el otoño pasado. Pero de alguna manera la vida no es como pensé. Y de alguna forma el oro no lo es todo”, escribió Robert Service, poeta nacido en Inglaterra, pero conocido como “el bardo del Yukón”, en el que es quizá su poema más conocido, El hechizo del Yukón, donde bajo la mirada de quien ha llegado a esas lejanas tierras en busca del codiciado mineral dorado, se encuentra con algo más valioso: un lugar en el que la naturaleza impacta con su belleza, y a veces también con su hostilidad. Una especie de glamour salvaje que, en los últimos años, se ha vuelto también casa de una micro urbe cosmopolita que navega entre la modernidad y la tradición.

 

Wild & Glam

 

Yukon

 

Rodeada por montañas imponentes, por lagos, ríos —como el Yukón, que fluye desde Columbia Británica hasta el mítico mar de Bering— y hasta por glaciares, Whitehorse, la capital yukonesa, es una ciudad que se encuentra en rápida evolución y que, en gustos y oferta, condensa en sus 416,54 km2 una oferta gastronómica sí emergente, pero cada vez más rica que poco tiene que envidiarle a las ciudades más grandes a las que los foodies suelen acudir.

Está, por ejemplo, Wayfarer’s, un restaurante que podría estar enclavado en Brooklyn por su estética y por su menú. En definitiva, algo que no se espera en un sitio que, de manera inicial, parecería más un destino de aventura que de experiencia urbana.

 

 

De decoración hip y menú breve y cuidado, aquí pueden disfrutarse deliciosas ostras de la región, además de un sabroso tuétano a la parrilla, mejillones en una memorable salsa de estilo tailandés y cocteles como el Jiggs Casey que lleva rye, toronja, jarabe de abedul y bitters de la marca FPJ fabricadas de manera artesanal y con ingredientes locales por Jennifer Tyldesley, quien antes piloteaba aviones y ahora se dedica a mejorar el mundo de la mixología de aquellos lares.

 

Todo viene de la tierra

 

Yukon

 

Jennifer se preocupa por utilizar en sus bitters elementos emblemáticos de la región, del mismo modo que su amiga, la chef Miche Genest, lo hace en sus platillos. Ambas comparten la filosofía de sentir la identidad del terroir en todo lo que se ponga sobre la mesa.

En una cena exclusiva con Food and Travel, ambas se reúnen en la cocina de Genest para crear un menú donde los arándanos silvestres —que he recolectado en compañía de la chef en las cercanías del lago Annie— son el hilo conductor. Preparamos juntas un chutney, que nos sirve para aderezar las entradas, pero el momento cumbre llega cuando se sirve un filete de alce en salsa de arándanos.

Una delicia que acompañamos con un tonic hecho por Jenny, quien le ha agregado un poco de prosecco para que las burbujas amenicen aún más la noche. Hay que decir que, aunque esta es una vivencia que por su naturaleza no puede ser masiva, ambas artistas del comer y el beber están dispuestas a ser contactadas y agendar lo que esté en la medida de las posibilidades que den su agenda y la de los viajeros.

 

 

De la ciudad a la naturaleza

 

Yukon

 

En Whitehorse, ya se dijo, se puede comer y beber bien. Hay destilerías independientes de whisky y fábricas de cerveza artesanal. Y una vez consumidas las calorías, pueden quemarse en rutas de senderismo como los paseos con perros husky que organiza Sky High Wilderness Ranch donde, desde la cima de una montaña puede sentirse el aire más fresco —a veces gélido— en el rostro mientras se ve, a la distancia, el lago empequeñecido por la altura y los árboles y, bajo los pies, los arbustos de arándano y de moras azules que crecen por todos lados.

 

 

Yukón

 

Pero por si esa no fuera una vista suficientemente satisfactoria, Yukón guarda más secretos para la vista como sus hermosos glaciares; paisajes fuera de este mundo que pueden observarse solo desde el aire. ¿Cómo? En un bello y diminuto hidroavión DHC-2 Beaver de la compañía Alpine Aviation que despega desde el lago Schwakata y que, a lo largo de un par de horas, vuela hasta la frontera con Alaska dando tiempo de hacer una escala para comer un salmón fresquísimo en el resort Southern Lakes. En el camino se ven moles gigantes de hielo, icebergs, bosques y, con suerte y afinando la vista, osos y cabras montañesas.

 

Cuando la noche se pinta de verde

 

 

Estoy frente a una fogata dentro de un tipi – tienda hecha de pieles – en el resort Northen Lights. Ya es medianoche y el cielo aún luce negro. Vuelvo a mi cabaña con un poco de pesar: las auroras boreales se han negado a aparecer por segunda vez consecutiva. O eso pienso. A las dos de la mañana en punto alguien toca a mi puerta. Es una joven japonesa que trabaja como guía y fotógrafa en este bello hotel compuesto por cabinas con paredes de cristal que permiten observar el cielo desde la cama. “¡Han salido!”, me dice con una sonrisa.

Salgo torpemente con mi linterna y con mi cámara como todos los huéspedes del lugar. El cielo deja ver sutiles rayos verdes de luz. Las auroras han llegado y todos compartimos la misma emoción. Dan ganas de saltar, de no dejar de ver nunca un fenómeno tan curioso y espectacular.

 

 

Me concentro en esas líneas que surcan el cielo y, mientras el aire frío choca en mi rostro, pienso en las palabras de Service: “La libertad, la frescura, la lejanía / Oh, Dios, qué atrapado estoy en todo esto”. Y que atrapado queda cualquiera cuando ha visto los cuatro elementos en plenitud en esa extraña, distante y entrañable tierra llamada Yukón.

 

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