El origen del bloody mary es uno de los grandes misterios de la coctelería clásica. Entre bares históricos, personajes inesperados y teorías que se cruzan entre Europa y Estados Unidos, este icónico coctel esconde más de una versión sobre su nacimiento. Adentrarse en su historia es descubrir que nada es tan simple como parece, ¡conócela aquí! Fotos: Adobe Stock

París, 1920: una clave en el origen del bloody mary
La versión más repetida sobre el origen del bloody mary nos lleva a Harry’s New York Bar, en el París de entreguerras. Ahí, el bartender Fernand Petiot comenzó a servir una mezcla tan simple como intrigante: vodka y jugo de tomate. Solo dos ingredientes que, en su momento, resultaban inesperados.
Pero esa no es la historia completa. El verdadero punto de inflexión ocurre cuando Petiot cruza el Atlántico y llega a King Cole Bar, dentro del The St. Regis New York. Es ahí, ya en la década de 1930, donde aquella mezcla sencilla empieza a ganar profundidad.
Porque lo que sucede detrás de esa barra no es solo una mejora: es una reinterpretación. Petiot suma acidez, especias y matices (limón, salsa inglesa, pimienta, tabasco) hasta transformar una combinación básica en un coctel con personalidad propia. Entender este momento es clave para el origen del bloody mary: no como un punto de partida, sino como el instante en el que realmente se define.

George Jessel: el rastro que sí quedó escrito
Mientras la historia parisina se apoya en la tradición oral, otra teoría del origen del bloody mary tiene algo aún más valioso: evidencia. El nombre de George Jessel aparece en publicaciones de los años 30 asociado a una bebida de vodka con jugo de tomate, popular como remedio contra la resaca.
Su versión era directa, sin los matices que hoy conocemos, pero marca un punto importante: el cóctel ya circulaba antes de ser refinado. Esto cambia la conversación sobre el origen del bloody mary, porque plantea una diferencia clave entre “crear” y “definir”. Jessel pudo haberlo servido primero; Petiot, pudo darle carácter.
Incluso hay relatos que sugieren que el nombre surgió en este contexto, tras un comentario casual vinculado a una mujer llamada Mary. Como ocurre con todo en esta historia, nada es completamente definitivo.


Cuando el tomate era remedio
Para entender el origen del bloody mary, hay que mirar más atrás, cuando el jitomate no se servía en cocteles, sino como parte de remedios y tónicos. Desde el siglo XIX, existían preparaciones conocidas como oyster cocktails: mezclas sin alcohol que combinaban jugo de tomate, salsas, especias y, en algunos casos, ostras.
Se consumían como tónicos, pensados para reanimar el cuerpo más que para acompañar un momento social. Lo interesante es que esa mezcla de sabores (ácidos, salinos y especiados) ya apuntaba al perfil del bloody mary actual.
La llegada del vodka no hizo más que reinterpretar esa base. Así, el origen del bloody mary deja de ser una invención puntual para entenderse como una evolución natural: una receta que ya existía, esperando convertirse en algo más.

El nombre que definió el carácter de un clásico
Si la receta tiene múltiples versiones, el nombre no se queda atrás. Dentro del origen del bloody mary, una de las teorías más conocidas lo vincula con Mary I de Inglaterra. Ella era apodada «María Sangrienta» por la persecución religiosa durante su reinado.
Pero también hay versiones más terrenales: desde una camarera en un bar de Chicago hasta una ocurrencia inspirada simplemente en el color intenso del cóctel. Lo cierto es que, aunque se buscó hacerlo más sofisticado llamándolo Red Snapper, el nombre original tenía algo que el otro no: carácter. Y ese fue el que prevaleció.
Sea cual sea el origen del bloody mary por el cual decidas apostar, es indiscutible que este coctel es un éxito. ¡Salud!
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