Para un viaje (más) auténtico a Japón, sal de la ruta clásica y sumérgete en la tradición, los paisajes y la espiritualidad del país donde nacen los días. Más allá de Tokio, Kioto y Osaka, descúbrelo a través del sabor, el silencio y experiencias únicas que despiertan los sentidos y aquietan el espíritu. Kaminyu, Ōmihachiman, Wazuka y Kōyasan te esperan. Fotos: Elsa Navarrete, Adobe Stock y cortesía.

Un viaje a Japón lejos de las multitudes
Hay un Japón que late en las guías de viaje: Tokio, Kioto y Osaka. La llamada ruta dorada concentra modernidad tecnológica, templos emblemáticos y, sin duda, la promesa de una experiencia memorable; no por nada 200,400 mexicanos visitaron este país durante 2025 e impusieron un nuevo récord.
Pero hay otro viaje a Japón, más silencioso, más profundo, que se despliega cuando uno decide apartarse del mapa convencional. Es el Japón de los artesanos que tallan la madera con paciencia; de las plantaciones de té que cubren las colinas; de los ryokan donde las aguas termales purifican cuerpo y mente; de las montañas donde los monjes aún entonan sutras al amanecer. Estos son los secretos de Japón que te invitamos a experimentar.
Taller de tallado de madera en Kaminyu
Desde Tokio (donde llega el vuelo directo desde Ciudad de México), el viaje a Japón en su lado b inicia temprano. El tip es alojarse en el Grand Prince Hotel Shin Takanawa para caminar hasta la estación de Shinagawa y ahí tomar el tren bala Hikari con destino a Maibara. El viaje, que dura poco menos de dos horas, te adentrará en paisajes más serenos hasta llegar a Kaminyu, en la prefectura de Shiga.
Al pie del monte Ryōzen, este pueblo es reconocido como un «pueblo de escultores de madera». El río Nyu atraviesa su geografía, y a lo largo de sus orillas se alinean casas-taller donde la madera se convierte en arte. Mientras recorres el pueblo, déjate llevar por el espíritu de esta artesanía, acompañado por el sonido de los cinceles y el fluir del agua.

Fue en el periodo Edo cuando los artesanos locales, tras aprender técnicas de tallado en Kioto, regresaron a sus hogares para iniciar el arte del tallado tradicional conocido como Kaminyu-bori. Hoy, en esos mismos talleres, se siguen elaborando butsudan (altares budistas), tallados decorativos para viviendas y piezas para los carros de festivales llamados danjiri.
Participa en un taller de tallado donde puedas admirar de cerca este exquisito trabajo manual. Tal es el caso del Estudio de Escultura Ijiri, que empezó en 1935 cuando Suiun Ijiri lo fundó. Hoy está al frente Kazushige Ijiri, la tercera generación, quien asegura que no solo preserva la tradición, sino que también busca aplicar estas técnicas al presente. Después de ser parte de una cadena de transmisión que lleva siglos intacta, llévate una pieza que guarda un pedazo de ese tiempo.


Hospedarse en un ryokan
Para adentrarse de lleno en el corazón de la cultura local en este Viaje a Japón y entender su hospitalidad, hay que vivir un ryokan, otro de los secretos del país. En la orilla del lago Biwa, el más grande del territorio, se encuentra Ogoto Onsen Biwako Ryokusuitei. Su diseño tradicional se abre a las aguas del lago con una armonía asombrosa.
El ryokan es el alojamiento tradicional que, la mayoría de las veces, incluye baños de aguas termales —los onsen—, espacios públicos o privados donde hay una etiqueta clara: antes de entrar al agua, te lavas el cuerpo. Siempre en silencio y sin traje de baño. Para los más tímidos, este hotel ofrece una alternativa: onsen privados en el balcón de la habitación. Allí sumérgete en estas aguas ricas en minerales mientras bebes té verde recién hecho y contemplas cómo el espejo de agua del lago se tiñe de naranjas y púrpuras al atardecer.

La estancia se complementa con protocolos sencillos pero inmersivos: vestir una bata yukata, descalzarse para dejar el mundo afuera, ponerse las sandalias de madera (geta) y caminar sobre el suelo de paja de arroz (tatami), dormir en futón en vez de cama si así se desea, y abrir puertas de papel (shoji). La desconexión se consuma en una cena tipo kaiseki: pequeños platillos donde el chef elige los ingredientes el mismo día, respetando el shun (el momento exacto de plenitud de cada producto). Cada bocado es un equilibrio de texturas, temperaturas y sabores servido en una vajilla que evoca paisajes y estaciones.

Visitar el pueblo de Ōmihachiman
Situada en el antiguo camino de Tokio a Kioto, se alza Ōmihachiman, ciudad fundada en 1585 por Toyotomi Hideyoshi, sobrino del gran unificador de Japón, quien construyó el castillo de Hachiman y, con él, un canal —el Hachiman-bori— que conectaba la ciudad con el lago Biwa. Lo que no sabía entonces es que ese canal se convertiría en la columna vertebral de un próspero pueblo de comerciantes.
En 1991, el gobierno designó esta área como Distrito de Preservación de Edificios Tradicionales Importantes. Y es fácil entender por qué: las casas más antiguas aún conservan muros de piedra, tejados de teja negra, patios interiores con pinos y kura (almacenes) donde los comerciantes guardaban sus mercancías. Las calles mantienen el trazado original, un diseño que revela la obsesión por el orden de aquellos primeros habitantes, entre finales del periodo Edo y la era Meiji.

Las casas que bordean el canal aún están habitadas, las tiendas aún venden, y el Hachiman-bori —imperdible un paseo en barco— sigue reflejando el cielo. ¿Prueba de su belleza? El distrito, uno de los secretos de un viaje a Japón, es escenario recurrente de películas y series de televisión japonesas.
Como paseo recomendado, sube al monte Hachiman en teleférico. Desde arriba, la vista del canal serpenteando entre las casas, con el lago Biwa al fondo, es una postal de lo que fue y sigue siendo Ōmihachiman. Es aquí donde también se produce la famosa carne de Ōmi (Ōmi-gyu), una de las tres mejores marcas de wagyu en el país, con 400 años de tradición. Una razón más para hacer ese viaje a Japón.

Recorrer las plantaciones de té de Wazuka
Ahora toca dirigirte a desvelar otro de los secretos de este viaje a Japón: Wazuka que, cubierta de un tapiz verde infinito, es llamada la «cuna del té verde”. Allí, en la prefectura de Kioto, se cultiva uno de los tesoros más preciados de Japón: el té Uji. Se trata del té que desde hace siglos se sirve en las ceremonias más importantes, el que los monjes budistas bebían para mantenerse despiertos durante sus largas meditaciones.
Con 600 hectáreas de plantaciones, 800 años de historia en su producción y 200 familias agrícolas, estos campos están reconocidos como el Primer Bien Paisajístico de la prefectura de Kioto. Y no es para menos. Las plantaciones parecen diseñadas por un paisajista, aunque son obra de los agricultores que han dominado los métodos de cultivo a la sombra que garantizan la máxima calidad.


Visita una plantación en Wazuka, camina entre las hileras de té perfectamente alineadas que cubren las colinas, y —lo más importante en tu viaje a Japón— aprende los secretos del té Uji directamente de quienes lo cultivan. La experiencia sensorial es completa: el aroma de las hojas recién cosechadas, el sabor intenso, complejo y umami del té recién hecho, la tranquilidad de un paisaje que sabe a tradición. Si se visitan estos parajes entre abril y octubre, se puede ver alguna de las tres recolectas que se hacen al año o incluso participar, procesar el té y disfrutar de una comida maridada con él.
La montaña sagrada: Kōyasan
Luego de dos horas en tren desde Osaka (línea Nankai Koya), cinco minutos en teleférico y diez minutos en autobús desde la estación superior hasta el centro, se llega a Kōyasan (o Monte Kōya), uno de los secretos mejor guardados de este viaje a Japón. Se trata de una montaña sagrada, en la prefectura de Wakayama, donde la naturaleza y la espiritualidad se han entrelazado durante más de mil años para crear un paisaje cultural único. En 2004, la UNESCO lo reconoció como Patrimonio de la Humanidad. Pero para los budistas de la escuela Shingon, es mucho más: es la sede de su tradición, el lugar donde su fundador, Kōbō Daishi (Kūkai), estableció su centro espiritual en el siglo IX.
Hoy, la montaña alberga 117 templos. Al llegar, uno percibe una atmósfera única: el aire más ligero, el tiempo más lento, todo envuelto en una densa naturaleza consagrada a la contemplación. Su corazón es el templo Kongōbu-ji, el principal de la escuela budista Shingon. El complejo alberga fusuma-e: puertas corredizas pintadas con pinos y grullas, obras de arte que transforman el espacio en una pintura viviente.

Para vivir la espiritualidad al máximo, hospédate en un shukubo (alojamiento dentro de un templo). En Kōyasan Rengejo-in se puede meditar en silencio, cenar shōjin ryōri (cocina budista sin proteína animal), bañarse en un onsen público y dormir en futón sobre tatami. Al amanecer, se asiste al ritual matutino de oración con los monjes. Y más allá, en un bosque de antiguos cedros gigantes, se encuentra Okunoin: el cementerio más impresionante de Japón, con más de 200,000 tumbas y monumentos funerarios, algunos con más de mil años. Un recorrido nocturno con linternas, entre el murmullo del viento y los cánticos lejanos, ofrece una experiencia profundamente espiritual y reflexiva, lejos de cualquier ambiente lúgubre.


Con este viaje a Japón, te impregnarás de una paz insólita, a la cual podrás regresar cuando lo necesites, recordando siempre cada uno de estos secretos y experiencias que invitan al recogimiento, lejos de la llamada ruta dorada (Tokio, Kioto y Osaka), sin multitudes.
Para planear tu viaje a Japón, visita la página web de la Organización Nacional de Turismo de Japón que ofrece una guía amplia por destinos y actividades. También te puede interesar: Este es el hotel más japonés de México.


