Pensar en bebidas mexicanas suele llevarnos directamente al tequila o al mezcal, pero existen otras preparaciones que pocas veces reciben el protagonismo que merecen. Los fermentos mexicanos nacen de técnicas ancestrales que transforman ingredientes cotidianos en sabores complejos, vivos y profundamente conectados con la historia de cada región. Algunos fermentos mexicanos han acompañado celebraciones, otros formaron parte de la alimentación diaria o de rituales antiguos, y con el tiempo se han mantenido vivos en distintas comunidades del país. ¿Qué secretos guardan estas bebidas tradicionales? Aquí te contamos. Fotos: Adobe Stock

¿Qué hace tan especiales a los fermentos mexicanos?
La fermentación es un proceso biológico natural en el que microorganismos como hongos y bacterias transforman los azúcares de un ingrediente en compuestos nuevos, generando sabores, aromas y texturas que no se encuentran en los ingredientes crudos. Esta técnica ha sido parte de la tradición culinaria mexicana desde mucho antes de la llegada de los españoles, y es la base de muchos fermentos mexicanos que aún se preparan de forma artesanal.
Este proceso da lugar a perfiles que pueden ir de lo refrescante a lo ácido, con distintos niveles de alcohol según el ingrediente y el tiempo de fermentación. Más allá de su sabor, los fermentos mexicanos representan un puente entre prácticas prehispánicas y el consumo actual.

Tepache: fermentación ligera, sabor profundo
Uno de los fermentos mexicanos más conocidos —aunque poco comprendido en su totalidad— es el tepache. Tradicionalmente se elabora con cáscaras y pulpa de piña, agua y piloncillo, y se deja fermentar durante días para desarrollar un sabor ligeramente ácido y burbujeante sin ser pesado ni muy alcohólico.
A diferencia de muchas bebidas industriales, el tepache se fermenta gracias a la microbiota natural (levaduras y bacterias presentes en la fruta y el ambiente), lo que provoca variaciones muy marcadas según quién lo prepare y dónde. Dentro del universo de los fermentos mexicanos, es uno de los más accesibles y refrescantes.
Hoy lo puedes encontrar en mercados, puestos callejeros e incluso reinterpretado por bartenders, pero su esencia sigue siendo la de una bebida artesanal con historia.

Tejuino y pozol: maíz transformado en bebida
La fermentación del maíz es una práctica ancestral que sigue viva en varias regiones del país y que da origen a distintos fermentos mexicanos. Un ejemplo claro es el tejuino, originario del occidente mexicano. Se hace a partir de masa de maíz nixtamalizada mezclada con piloncillo y agua, que se deja fermentar ligeramente. El resultado es una bebida de sabor entre dulce y ácido que se sirve fría, usualmente con jugo de limón, sal o incluso una bola de nieve de limón encima.
En el sureste del país (particularmente en Chiapas, Tabasco y partes de la península de Yucatán) está el pozol, otra de las expresiones más antiguas de los fermentos mexicanos a base de maíz. Puede servirse solo o mezclado con cacao, y su origen se remonta a prácticas prehispánicas donde era consumido tanto como alimento como bebida durante largos trayectos o ceremonias.
Ambas bebidas muestran cómo el maíz ha sido, durante siglos, un ingrediente flexible que va más allá de tortillas y tamales para convertirse en fermentos con identidad propia.


Pulque y colonche: bebidas con siglos de historia
El pulque es quizá el fermento más emblemático en el imaginario gastronómico mexicano fuera de los destilados. Se obtiene a partir de la fermentación de la savia (aguamiel) del agave, y tiene una textura cremosa, sabor ácido y un contenido alcohólico ligero que puede rondar entre 2% y 7%. Es, sin duda, uno de los fermentos mexicanos con mayor carga histórica.
Su historia se remonta a las civilizaciones mesoamericanas, para quienes esta bebida era valorada tanto en contextos ceremoniales como sociales. Hoy sigue presente en pulquerías tradicionales y espacios donde se rescata lo ancestral.
Menos conocido fuera de ciertas regiones, pero con una larga tradición local, es el colonche, preparado con el jugo de la tuna cardona, el fruto rojo del nopal, que se deja fermentar de forma natural. El resultado es una bebida de color rojo intenso y un perfil que equilibra lo dulce con una acidez suave.


Más allá de su valor histórico, los fermentos mexicanos viven hoy un renacimiento que los ha llevado de mercados tradicionales a cocinas y barras contemporáneas, donde se reinterpretan sin perder su raíz. Acercarte a estas bebidas es también acercarte a las historias, los ingredientes y las manos que las mantienen vivas, recordándonos que no son una moda, sino tradiciones que siguen encontrando nuevas maneras de contarse.
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