El vino naranja es de esos estilos que cada vez aparecen más en cartas de restaurantes y generan la misma pregunta: ¿qué es exactamente? A simple vista llama la atención por su color ámbar, pero lo que realmente lo hace interesante está en cómo se elabora. No es un vino blanco ni tinto, y justo ahí empieza su diferencia. Este estilo está ganando conversación entre wine lovers por una razón muy concreta… y aquí te contamos cuál es. Fotos: Adobe Stock

Qué es realmente el vino naranja
El vino naranja no es un vino hecho con naranjas ni tampoco un vino aromatizado. Es un vino elaborado con uvas blancas, pero con un proceso distinto al habitual. Para su elaboración, el jugo de la uva se fermenta en contacto con sus partes sólidas, como la piel y las semillas. Ese contacto es lo que lo diferencia.
En la mayoría de los vinos blancos, la piel de la uva se separa rápidamente; en el vino naranja, en cambio, se deja durante más tiempo, lo que le da más color, más estructura y una textura más marcada. Por eso su estilo se acerca un poco más al de un vino tinto, aunque esté hecho con uvas blancas.
A este tipo de vino también se le conoce como vino ámbar u “orange wine”, y hoy forma parte del mundo del vino contemporáneo.
No es una técnica nueva. Es una forma muy antigua de hacer vino que nació hace miles de años en Georgia, donde todavía se utiliza el método tradicional en recipientes de barro llamados qvevri.
Aunque hoy se ve con más frecuencia en restaurantes y wine bars modernos, no es una tendencia reciente como tal. Más bien es un estilo que ha regresado con fuerza porque cada vez se valoran más los procesos tradicionales y los vinos con menor intervención.

Un estilo que rompe las reglas del vino blanco
El vino naranja se reconoce de inmediato por su color: va del dorado intenso al ámbar profundo. Pero lo que realmente sorprende no es su apariencia, sino lo que deja en el paladar.
En nariz y boca, puede mostrar notas que no son tan comunes en los blancos tradicionales: frutos secos, piel de cítricos, hierbas secas, té, miel e incluso ligeros toques que recuerdan a fruta madura o sidra. Además, suele tener una estructura más marcada, algo inusual en vinos elaborados con uvas blancas.
Esto lo convierte en un estilo que no pasa desapercibido. El vino naranja suele dividir opiniones: hay quienes lo disfrutan por su complejidad y quienes lo encuentran desafiante frente a vinos blancos más frescos.
En la mesa, sin embargo, su versatilidad es amplia. Funciona especialmente bien con platillos intensos o especiados, como quesos curados, cocina con especias, hongos o preparaciones con umami.

El nuevo favorito de wine bars y restaurantes
Más allá de su historia, el vino naranja ha encontrado un lugar en la gastronomía contemporánea porque ofrece algo distinto: una experiencia sensorial menos predecible.
No busca imitar a los blancos ni competir con los tintos, se mueve en un territorio propio, donde la textura, la estructura y la complejidad aromática son protagonistas. Por eso cada vez es más común verlo en wine bars, restaurantes de autor y cartas enfocadas en vinos naturales o de mínima intervención.
En ese sentido, se ha convertido en una puerta de entrada a otra forma de beber vino: menos predecible, con más carácter y con una historia más interesante de lo que parece a primera vista.
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