Siendo yo muy joven, mi papá me dijo algo que se me quedó muy grabado: todos los extremos son malos. Gentrificar sin medida, haciendo que el hecho se sienta como una invasión, como una conquista ofensiva y no inclusiva, no es justificable. Por supuesto, el tema de la gentrificación tiene muchas aristas y brazos, como un pulpo con mil tentáculos.
Quiero tocar la vertiente de los restaurantes en zonas gentrificadas. Allí, los precios de las copas de vino, de los platillos más básicos y callejeros, como los tacos, se han convertido en propuestas de autor, sacándolas de contexto. ¿Está bien o se vale que actualmente sea normal ver tacos en $250 pesos? ¿Copas de vino de $350 pesos? ¿O qué tal pagar $4,000 pesos por un corte de carne?
Desde luego, todo depende de la calidad del producto, pero estoy completamente convencido que parte de lo que hace a un restaurante especial es el trabajo de investigación del chef, dueños, y administradores viendo opciones de proveedores; hacer una curaduría para lograr ofrecer productos y servicios democráticos, y con esto me refiero que sean asequibles a un abanico amplio de carteras. Se entienden estos precios en zonas como Polanco o Las Lomas, pero en zonas recientemente tocadas por la gentrificación, como las colonias Roma, Condesa o Juárez, ¿es esto correcto está mal visto?
Hoy vemos menús y letreros en inglés, más extranjeros en las calles que locales del barrio, precios altos, el mesero preguntando: ‘¿el cobro a su tarjeta en pesos o dólares?’ Somos mexicanos, estamos en México y trabajamos mucho para ganar en pesos.
La pregunta que lanzo sobre la gentrificación es la siguiente: ¿Hemos llegado a un extremo? ¿Hay vuelta atrás?